¿Dónde está mi perro?

Construyó mi corazón con post-its de colores. En cada pequeño pedazo de papel me dió un cachito de su alma y de su vida. A cambio le ofrecí esperanza. La música nos unió en silencios y miradas. Supe que la amaba poco después. 

A punto de descender a las entrañas de la tierra, 100 metros al vacío en tiros verticales y más de un kilómetro hacia adelante de una cueva fascinante, con el sol puesto y la luna iluminando el sendero, pensé en su sonrisa, en la mirada tímida que nos regalábamos en secreto de vez en cuando. En su mano imaginaria sobre mi pecho conteniendo mis latidos. 

También la amé antes de bajar al sótano. 70 metros libres hacia una garganta furiosa repleta de agua. Ahí, colgado en un paisaje sin par, con la cascada a mi lado, la cuerda tensa y los sentidos a tope oia su voz en mi interior. Aún antes, mientras esperaba mi turno al descenso y en la previa, estando aun en el campamento, mis ojos se enternecieron de solo pensarla. Como en las horas previas a la cueva, mientras la tarde moría y yo recuperaba fuerzas en mi tienda, su sonrisa estaba ahí. 

Un pin en el corazón y un cuarzo al cuello. Mi correa de perro ideal. De perro que ladra y vuelve al hogar. 

En sus manos, yo.

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