Guerrero de sangre

Me enamoré del volcán viendo las pinturas del Dr Atl. En algún momento de mi juventud creí entender el porqué de su musa, Nahui Ollin, embelesado yo mismo con una musa perdida de mirada y destino violáceos.

Al poco tiempo entendí también al volcán. Lo hice mío y adopté la lava ardiente para que fuera mi corazón. Radiante y provocadora, dueña de un derritente calor y una obscena obsesión por tocarla, la jaguarina imagen de sus burbujas explosivas, como vomitadas por un dragón en plena combustión se convirtió en el latido de mi pecho.

Entendí poco después que por radiante debía también ser inaccesible e intocable. Morí pues condenado a darlo únicamente apagado en una roca ceniza de dureza extrema y áspera caricia. Incapaz de evocar la quemante naturaleza de los ríos que asolaron mi pecho con su nacimiento, la piedra se volvió más resto que testigo de pasiones inalcanzables fuera del cráter.

Pero la piedra volcánica, aquel rastro seco del otrora líquido radiante, tallada con manos correctas es sólida y monumental, y construye refugios a prueba de toda inclemencia. Incluso del recuerdo de aquel corazón ardiente que se ahogó quemante para darles paso.

Y supe así que no puedes amarme sin que te calcine. Ni tocar mi corazón sin volverte pronto llamas consumientes. Aprendí que si las rocas de mi corazón extinto pueden ser el núcleo sólido donde refugiar el tuyo después de mi tormenta, será para que nunca pueda ya tocarlo ni verlo. Y entendí también que en la forma de amarnos tú eres el fénix, vuelto a la vida e immune a las llamas que emana el jaguar. Que me acaricia con sus alas y me enseña que la lava sólo se vuelve roca por temor a quemar y muere en pidra por secarse sin intentos.

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Nosotros

La desesperación es profundamente inspiradora. A título personal, reconozco que no hay nada del lado de la felicidad que me lleve a escribir y maquinar con la locura con que la desesperanza me arrebata las palabras. Aún creyendo que la alegría es un estado elevado de conciencia y sabiendo de sobra el aliciente que representa la euforia, sólo el vacío me es cómodo para escribir y expresarme de una manera que sienta auténtica y necesaria.

Hace unos años comencé a escribir mis pendejadas en este blog animado por la incertidumbre que me provocaba la vida en aquel entonces. Recuerdo desazones amorosos y fracasos académicos que me tenían un limbo meditabundo que me arrojaba a la negatividad casi sin remedio. De algún modo creía, y aún lo sostengo, que la tristeza es siempre más racional que la felicidad. Quizá por ello me viene tanto escribir cuando me siento melancólico o simplemente valiendo verga. Inclusive la felicidad me es más asequible en estados de ánimo perturbados, por aquello de reflexionarla sin una sobredosis de endorfinas de por medio.

Y pensaba entonces en una mujer casada con la que coqueteo a menudo, sin pretender nada que sobrepase las chaquetas mentales en las que escribo sobre su piel desnuda una arenga de por qué la fidelidad es una pendejada.

Fueron los episodios de celos de su marido, los cuales vine a conocer indirectamente y contra mi voluntad, los que me hicieron recordar que los hombres que hacen escenitas y berrinches, pero igual son tiernos príncipes azules cuando no se sienten ultrajados en su hombría por temer que les arrebaten a la mujer que creen de su propiedad, son potencialmente feminicidas, según un meme que se volvió viral en internet.

De pronto, sumido en estas cavilaciones me llené de angustia y recordé lo mucho que tenía que no escribía. Los eones mentales que pasaron para que me volvieran las exigentes ganas de publicitar mis intimidades mentales en un rincón de internet donde me siento menos pendejo que de costumbre.

Los tacos

Dos, por favor, pastor con queso y pollo con queso, el de pollo con maíz.

– Van a ser dos, ¿verdad?

– Sí, pastor y pollo con queso, el de pollo con maíz

El taquero, con un semblante de evidente confusión comenzó a preparar los tacos. Había pasado ya mucho tiempo, pensó Roger. Delante de él, con la frente sudada y los hombros caídos por más de 10 horas de trabajo al calor de la plancha y el trompo, estaba quien alguna vez había sido su más acérrimo enemigo. Bajo de estatura, moreno y feo, con bigote y cejas tupidas, el “Chaparrito”, como le decían en la taquería, le preparaba el tan ansiado bajón. Después de todo lo que Roger le había hecho, le sorprendía que el cabrón nunca dejara de sonreír. Era un pinche misterio y también que el Chaparrito nada sabía de todas esas culeradas. Su actitud servicial, siempre ameno, ofreciendo café gratis a los clientes que él  pagaba de su bolsa, el dar papas extra y limones de los que sí tienen jugo, tener chiles toreados… todo a decir de Roger, era una fachada para cubrir su único pinche defecto. Tenía las manos chicas. Muy pinches chicas. Como tal, ser de manos chicas no era un rasgo imperdonable en un taquero si se compensaba con buenas mecánicas sobre la plancha, o con otro tamaño de tortilla, pero el Chaparrito se pasaba de verga. No sólo tenía las manos chicas sino que el culero parecía actuar y llevar su vida sin estar al tanto de su denigrante condición. El principal problema era que siempre servía los tacos flacos. Tacos en tortilla estándar. Y además los servía mal. Además, su técnica, según Roger, era despreciable.

En vez de bajar el pastor con la tortilla al ras del trompo, deslizando cortantemente el cuchillo hacia abajo junto a la tortilla, y voltear el taco sobre la plancha con queso, para finalmente levantar el taco con la espátula, el pendejete cortaba el pastor y trataba de recogerlo torpemente con la espátula, para luego llevar la carne a la plancha. Una vez ahí amontonaba el queso sobre el pastor, echaba una tortilla encima y trataba de voltear el cagadero que había hecho con la espátula y su pinche manita. A huevo, ahí está tu taco, que se ve feo y además quedó bien pinche flaco. Este cabrón era como del Conalep de los taqueros, pensaba Roger. Lo que más le emputaba era que en esa misma taquería, en otros turnos y días trabajaban verdaderos prodigios del trompo, auténticos ases de la plancha. Titanes bajados del Olimpo destinados a reescribir los cánones del servicio de tacos al pastor. Rogelio (su tocayo), Alex y el profeta entre los hombres, el mesías sobre la tierra, Erick. Sus tacos eran una obra de arte, gordos, con un chingo de queso, estética perfecta, obras maestras de arquitectura culinaria. Si había un Conalep de los taqueros, Erick era de los que iban a miar a la Sorbona y a Oxford porque tienen baños chidos. Su naturaleza era la del genio, la del prodigio, el mismo que tuvieron Pelé,  Alí y Jordan y que después los mortales volvieron escuela.

Y Roger había odiado al Chaparrito por tanto tiempo. Incrédulo, era incapaz de concebir cómo podían trabajar en el mismo lugar dioses como Erick y garrapatas como el chaparro ese. Sin mencionar lo miserable que sentía cuando llegaba a la taquería y atendía el Chaparrito, pero el hambre es hambre, se decía. Más de una vez intentó hacer que lo corrieran. Se quejaba de él con los otros taqueros. Dos veces, durante el turno de la noche, le robó los bancos que ponían en la calle. Dieciséis pinches bancos y nunca corrieron al culero, antes compraron más. “Es que es el consentido del patrón”, le decía Erick. No mames. No me chingues, cabrón.

Y así pues, el culero siempre tenía esa extraña sonrisa bajo el bigote. Pero no era una sonrisa contenta o de alegría, era la sonrisa de un agachón que vivía esperando la redención y el perdón de su Dios. Ojalá supiera que sostener la sonrisa todos los días y creer en el favor de un Dios que no existe era toda la redención que necesitaba. Bueno, eso y que le crecieran las manos tantito. Que no chingue.

¿Entonces el de pastor en con maíz y el de pollo con queso?, dijo el Chaparrito sacando a Roger de su trance, mientras sostenía un taco de pastor en su manita.

No, repuso Roger, pastor con queso en tortilla de harina, y pollo con queso en tortilla de maíz, por favor

Ah, me equivoqué.
Enseguida corrigió la orden y le pasó los tacos a Roger. La vida no dejaba de sorprenderlo, frente a él, de manos del culero que siempre quiso que corrieran y por el que dejó de ir a la taquería mucho tiempo, dos tacos bien servidos y con apariencia decente. Sonrió para sus adentros mientras el Chaparrito ya despachaba a otros clientes con su incansable ánimo.

Una sangría por favor, dijo Roger mientras pensaba que la vida, a veces, no valía tanta verga.

¿Dónde está mi perro?

Construyó mi corazón con post-its de colores. En cada pequeño pedazo de papel me dió un cachito de su alma y de su vida. A cambio le ofrecí esperanza. La música nos unió en silencios y miradas. Supe que la amaba poco después. 

A punto de descender a las entrañas de la tierra, 100 metros al vacío en tiros verticales y más de un kilómetro hacia adelante de una cueva fascinante, con el sol puesto y la luna iluminando el sendero, pensé en su sonrisa, en la mirada tímida que nos regalábamos en secreto de vez en cuando. En su mano imaginaria sobre mi pecho conteniendo mis latidos. 

También la amé antes de bajar al sótano. 70 metros libres hacia una garganta furiosa repleta de agua. Ahí, colgado en un paisaje sin par, con la cascada a mi lado, la cuerda tensa y los sentidos a tope oia su voz en mi interior. Aún antes, mientras esperaba mi turno al descenso y en la previa, estando aun en el campamento, mis ojos se enternecieron de solo pensarla. Como en las horas previas a la cueva, mientras la tarde moría y yo recuperaba fuerzas en mi tienda, su sonrisa estaba ahí. 

Un pin en el corazón y un cuarzo al cuello. Mi correa de perro ideal. De perro que ladra y vuelve al hogar. 

En sus manos, yo.

Los humanos

Crecí rodeado de muchas carencias sociales. Hiperactividad y falta de empatía, poca sensibilidad para relacionarme con las demás personas. Tuve un infancia loca que le sacó canas a mis padres siendo tan jóvenes como yo ahora. Decenas de escuelas, desde jardines de niños, primarias y secundarias, mi tránsito hasta la adolescencia fue tortuoso. Pocos amigos y muy malas relaciones. Con la mente algo envenenada por mi falta de aptitudes sociales tuve un buen desarollo intelectual en la preparatoria yu universidad que me hicieron convencerme malamente de que lo mío no es la gente. Ni los tumultos, reuniones, fiestas, aglomeraciones ni nada por el estilo. Aunque el tiempo me ha serenado y he hallado paz en mi mente laboriosa, me queda desde hace años el resabio de no sentirme muy humano, o al menos no como concibo a otros humanos. A ratos en la vida he necesitado que algo me lo recuerde. Regularmente, y porque tengo buen sentido del humor, son las experiencias dolorosas las que me han devuelto a la realidad ínfima que siempre mantengo bajo la mesa; somos apenas polvo en el universo.

La semana pasada cuenta como la peor semana que he tenido en años. Debo decir que no creo recordar haber tenido una semana mala en la vida, pero los clichés venden y son más fáciles. No deja de asombrarme como el dolor, en mi caso, más que cualquier otro sentimiento me hace ver la realidad con lo que yo considero algo más de claridad y agudeza. Un pérdida muy dolorosa que estremeció mi corazón y mi alma y luego un accidente de tránsito que me tiene drogado todo el día y con apenas poder moverme por el dolor me han devuelto mucha lucidez. Me han hecho recordar tantos sinónimos para fragilidad que siento que me rompo de solo enumerarlos.

De todos modos es de humanos romperse.

El descubrimiento del fuego

Os contaré la historia de este blog (no, no soy español, pero me gusta mucho el voseo). Todo comenzó hace ya unos cuatro años. Fue una extensión de un Tumblr que hace muchísimo tiempo no miro. Apareció porque escribía demasiado en Tumblr y me sentía sin propósito. Se supone que Tumblr es para compartir imágenes (cosa que me fascinó tanto de inicio), no tus pendejadas. Y porque mi Tumblr era conocido por algunas personas (¿cercanas a mí?).  Escogí WordPress porque descubrí que una chica (que de la nada y con un amigo en común me agregó a FB y con quien he hecho una buena amistad internetera) que escribe muy bien usaba un blog en WordPress (de cual ahora lamento ya no tener referencia alguna). Así conocí también WordPress, confieso. Y fue importante porque me animó a abrir el blog. Siempre sentí mala espina por Blogspot, lo creía adolescente y poco serio (¡mira quién lo dice!). Y fue acá, pues.

Os cuento la historia porque sí que ha pasado el rato desde eso. Hace unos años escribía mucho, a diario casi. Leía a montones y de todo tenía notas y opiniones. Relatos cortos, aforismo y ensayos, mi mero mole. Hacer de mi vida una metáfora en letras y encriptar Pmi mente en cuantas líneas fueran necesarias. palabras que eran libros enteros y oraciones para toda la vida, hace tiempo ya, claro.

Hace cosa de un año empecé a aplicarme con la escritura de un cuento hasta ahora muy mal logrado en el papel. Tengo mil ideas que he tallereado con mi gran cómplice de letras, Zagôth (nombre artístico). No me gusta presumir pero creamos ya todo un universo literario, con mitología y todo. Las ideas quizá no sean tan buenas como platicarlas en su compañía inmejorable pero de algo valdrán la pena. Hace cosa un mes descubrí entre la niebla una nueva pareja escriturística, alguien con quien tener una relación por correspondencia. Confieso que me volvió la inspiración y espié un poco mis entradas en este blog, ya sabéis, beber un poco del pasado.

Días, semanas ya, Zagôth me invitó a ser cómplice de su última lectura. Mi númen, toda la fuente de mis delirios e inspiracion: el libro por el que soy lo que fui y quisiera volver a ser. Es curioso que en tantos años de amistad lietraria nunca lo hubiesemos compartido. Su gesto tan noble me volvió loco. Pasé toda la semana releyendo mi blog, entrada por entrada, hasta el fondo de la cloaca, donde empezó todo. Aquella primera entrada que delata sin pelos en la lengua el origen de este delirio que casi tenía abandonado. Y me regresó la chispa. Después de meses atragantado en una noluntad constante, perdido en una oscuridad absoluta, viviendo de palabras mal masticadas e intentando escribir cada que tenía la suerte de estar frente al ordenador (además del voseo, me gusta la jerga gachupina) o con pluma y un papel en blanco a la mano en el momento justo, ahora digo que la llama a lo lejos, cálida y vibrante, me devolvió la inspiración. Las ganas necias de retomar el camino. Y por eso estoy aquí, porque trecordé, corriendo hace un par de semanas al lado de una gran amiga, que mi padre siempre ha tenido razón sobre mí. Lo único que necesito en la vida son ganas de hacer algo. No la estúpida noluntad.